Cuando estuve en Perú en febrero del 2017, la montaña de los siete colores era una atracción reciente. Nunca había visto fotos de la montaña ni había escuchado hablar de ella. La familia de mi Airbnb, en Cusco, me recomendó el sitio y lo reservé con la misma agencia que hice el Tour Inca Jungle para ir a Machu Picchu.
Pasaron por mí a las 3:30 de la mañana, un horario algo inusual. Me tocó sentarme a lado del chofer. Nos fuimos platicando todo el camino. Le conté sobre mi viaje a Machu Picchu y estaba el señor muy orgulloso y emocionado con mis historias.
Llegamos a Vinicunca, o la montaña de los siete colores como mejor la conocen ya muchos, y tenías dos opciones: rentar un caballo que te acercara a la montaña para que caminaras menos o caminar aproximadamente 3 horas seguidas para acercarte y subir a la montaña para tomar la, ahora ya, famosa foto.
El señor chofer me motivó y me dijo que con el entrenamiento de haber ido a Machu Picchu sería pan comido subir a esta montaña. Yo, alentada por la aprobación de un extraño, emprendí la caminata con entusiasmo.

Llegar al pie de la montaña no fue tan complicado. Algunas personas se detenían en el camino a masticar hoja de coca. Los originarios del lugar aseguran que masticarla ayuda a combatir la sed, el hambre, el dolor y el cansancio. También ayuda a las personas que tienen mal de altura o mal de montaña. Gracias al cielo y a los dioses incas, no sé cómo explicar qué es eso porque no me dio. Si tienes curiosidad por saber qué es, nuestros amigos de Wikipedia, te lo explican con mucho gusto.

Lo que sí te puedo contar es que la hoja de coca cuando se somete a un proceso químico se obtiene la cocaína. Es por eso que sólo Bolivia y Perú están autorizados para cultivar plantas de coca.
Y comenzó la subida a la montaña para obtener la mejor vista. Algunos llegaron hasta la mitad y ya no podían más, tomaban la foto, descansaban y regresaban. Yo mantenía un diálogo con mi mente y cambiaba de parecer cada dos segundos. Llegué a la mitad, tomé fotos, descansé y después de una larga discusión conmigo misma, decidí subir hasta la cima.

Estar en la cima y haberlo logrado es un sentimiento increíble. El viento no te deja disfrutar mucho, pero la satisfacción de haber llegado, estará de por vida, también esta foto.

Me encantaría que éste fuera el final de la historia. Quiero que noten la blancura de mis tenis en la foto anterior. Cuando bajé de la montaña me empezaron a doler las rodillas… otra vez.
Parecía que iba a llover, entonces decidí rentar un caballo para el regreso. En el preciso instante que me subí al caballo comenzó a llover. El dueño de mi transporte me pidió que apagara mi celular y me dijo muy tranquilo: la montaña atrae los rayos (por todos los minerales que tiene, es por eso que tiene tantos colores) y los celulares, también.
Un poco nerviosa por el pronóstico de una lluvia elétrica, apagué mi celular inmediatamente. No pasaron ni 2 minutos cuando un rayo cayó a varios metros de nosotros. Les juro tuve una experiencia cercana con la muerte. Nunca había visto un rayo tan cerca. Vimos primero la luz, el señor que iba jalando al caballo se tapó los oídos, yo lo imité. Al país que fueres haz lo que vieres. El caballo comenzó a brincar del miedo y yo sin agarrarme por tener las manos en los oídos pues caí al suelo en lo que yo sentí fue cámara lenta. Mi mochila lastimó mi espalda pero siento que amortiguó la caída. Decidí caminar en vez de montarlo otra vez.
Comenzó a llover más fuerte y caía granizo. Una chica que me vio caer del caballo se hizo mi amiga de viaje de regreso y decidimos empezar a correr. El granizo me pegaba en la cara y sentía que me aventaban piedras. El señor del caballo nos alcanzó y nos dijo que no corriéramos porque el piso estaba resbaloso. Le hicimos caso y empezamos a caminar. La lluvia no duró mucho tiempo, pero por si acaso yo dejé mi celular apagado.
No pude tomar fotos del lugar en el camino de regreso. Cambió tanto, el piso era blanco por el granizo que cayó. De un día soleado con el pasto verde cambió totalmente. Se veía increíble. Sin embargo, por la preocupación de todo lo que había pasado no lo pude disfrutar al máximo.
El camino de regreso se hizo eterno. Sin celular, sin poder ver la hora, con un miedo terrible después de lo que pasó con el caballo, con dolor (ya no sabía de dónde, ¿rodillas, piernas, espalda?) y ahí voy otra vez ¡AL SUELO! El piso efectivamente estaba resbaloso y allá fui a dar. La chica, muy preocupada por mis caídas, me ayudaba.
Enlodada de pies a cabeza y con los zapatos aún más resbalosos por el lodo, seguí. Llegué a dónde estaba mi admirador peruano #1 y le dije: casi muero en la montaña de los siete colores.

Al comentar con las otras personas del grupo lo que me pasó, uno de ellos me dijo: ¿y no te rompiste nada? ¿Caíste de un caballo y no te rompiste ningún hueso? Eres muy afortunada.
Sí que lo soy.
Ya ven cuando la gente dice que a partir de una experiencia aprendieron a ver la vida con otros ojos. A mí me pasó eso. Y ahora, claro, le tengo pánico a los rayos. Gajes del oficio, esto de ser viajera.
Hasta la próxima, mis queridos viajeros.
