Bogotá, parceros y chichas.

El día que decidí renunciar a mi trabajo, vender mi coche y viajar, no había decidido ningún destino en específico. “Iré a donde sea barato ir”. Facebook, leyendo mis pensamientos (o escuchando mis conversaciones…), me sugirió un vuelo redondo a Colombia por 6 mil pesos (320 USD) y dije: Colombia, agárrate que ahí te voy.

Mi mamá dio el grito en el cielo. Todo lo que se escucha en las noticias que te meten drogas en la maleta y te meten en problemas (y a la cárcel) resonaba en su cabeza. Con la promesa de que cuidaría mi equipaje en todo momento, la dejé un poco más tranquila.

Cuando cambié dinero en el aeropuerto. ¡Vaya sorpresa! 500 pesos mexicanos son aproximadamente 90,526 pesos colombianos. O sea, ¿cómo? ¿por qué tantos ceros? La chica de la casa de cambio contó el dinero, me lo da, lo cuento, no me sale la cuenta. Lo vuelvo a contar, me sigue sin salir la ecuación matemática. Le digo a mi papá: “¿me ayudas?” Él lo cuenta DOS veces. Y no nos salía la cuenta. Con pena, regresamos con la chica y ella empieza a contar lentamente para nosotros, bla, bla miles y miles. Y nosotros: “¡aaahhh… ok… gracias!” Qué confuso. Mi papá me recomendó tener cuidado cuando pagara para que no me pasara lo mismo porque no estaba acostumbrada.

Yo me sentía LA más rica del planeta.

Después de aproximadamente 4 horas, llegué a Bogotá (léase con acento Colombiano). Me quedé en un Airbnb en, lo que ahora sé, es una zona nice. No tenía ni idea de las zonas. Pero fui afortunada por haber elegido esa ubicación. Se llama Cedritos y las primeras fotos que tomé de la calle, me fascinaron.

Y allá voy el primer día a explorar. El chico del Airbnb me explicó algunas rutas y me dijo que el Transmilenio (el sistema de autobús de tránsito rápido, BRT, en el área metropolitana de Bogotá) era algo confuso, que tuviera cuidado y estuviera segura en cuál me subía.

Llego a la estación y en efecto, no sé a cuál subirme. Le pregunto a un chico. Me dice que va para el mismo lado y que lo siga. Con clases de Krav Maga antes del viaje, me sentía lista para seguir a un extraño. Nos fuimos platicando todo el camino. Le marcaban de su trabajo y él, muy tranquilo, les decía que iba en camino. Llegamos a la estación, se baja conmigo. Le digo que muchas gracias por la ayuda que no es necesario que me acompañe porque sé que le están marcando del trabajo. Él, súper tranquilo, me dice que me acompaña a la oficina de turismo. Su celular seguía sonando y él contestaba que ya casi llegaba.

La chica de la oficina de turismo le explicaba a él los lugares a los que debía llevarme. Y yo: no, no, no vengo con él, o sea sí, pero ya se tiene que ir a trabajar. O sea, ¿qué decía? Empezamos a caminar a los lugares turísticos y pues sirvió de algo para que me tomara fotos…

Me encanta el perro el pleno descanso.

El tipo no se iba a ir fácil. No me atosigaba, ni me acosaba, sólo no se quería ir a trabajar jajaja. Entonces, vi una iglesia. Siempre me gusta ver las iglesias por dentro. Entonces le dije que iba a entrar y me dijo que ya se tenía que ir… Oh, ok… Más fácil de lo que imaginé, deshacerme de él. Gracias, chuchito salvador.

Había algunos museos que la entrada era gratis. Fui al de Botero. Me gustó mucho la Mona Lisa gordilla.

Ya en la noche y con sed de la mala, me dispuse a conocer la vida nocturna de Bogotá. Llegué a un bar que tenía una bandera del orgullo gay. Dije: “de aquí soy”. Entré y había un par de chicas. Me empezaron a hacer la plática y yo que soy cero amigable pues me dejé llevar. Ya entrada la noche, y con más gente en el bar, querían conocer más de México y yo de Colombia. ¡Guerra de baile, venga! Me enseñaron un ritmo que se llama champeta (yo la conocí antes que Shakira la volviera famosa después del Super Bowl 2020 jaja). Yo les enseñé un poco de duranguense y el jarabe tapatío jajaja.

No les puedo explicar lo bonito que se siente que muestren tanto interés por tu cultura. Y ser la sensación extranjera también es un sentimiento narcisista bien padre jaja, se los recomiendo.

Lo que más que gusto de Bogotá, definitivamente fue la gente. Tenemos una cultura muy similar. Son excelentes anfitriones, te hacen sentirte en casa en segundos. Te dan la bienvenida a sus vidas de inmediato. Salí con las chicas del bar muchas veces más durante mi estancia en Bogotá y cuando regresé sólo por una noche, una de ellas me ofreció su casa. Me quedé con ella y su esposo. Estoy impresionada de lo mucho que confían y cómo se entregan tanto a la gente. Colombianos, nunca cambien, son unos parceros muy bacanos. Ah y qué decir de la comida tan rica. Las arepas en cada esquina, aguapanela, sancocho, y mi favorita, bandeja paisa, uy ¡qué delicia!

Bandeja paisa, ¿se les antoja?

Lo que menos me gustó fue el tráfico de la ciudad y la forma en la que manejan. Pensé que en México éramos cafres. En Bogotá nos dicen quítate que ahí te voy. Aceleran lo más que pueden aunque se vea un tope o un alto en la próxima cuadra. Entonces es acelerar a máxima potencia, frenar a máxima potencia. ¡Muy estresante!

Estuve en Bogotá, un poco más de una semana. La verdad, es mucho tiempo para conocer la ciudad. Si hubiera planeado mejor, habría podido ir a otros lugares en Colombia. Pero lo que conocí, definitivamente me encantó. Subí a la montaña Monserrate y pasé toda la tarde ahí, admirando la vista y esperando el atardecer. Súper relajante estar allá arriba y ver la ciudad.

Con mi aguapanela y arepa fui la más feliz haciendo lo que más me gusta después de viajar, escribir.

Los domingos, hay un lugar que no te puedes perder. Se llama “El Chorro de Quevedo”. Es una plazoleta donde la gente se reúne a pasar el rato. Cuando yo fui, había un show de comedia. Hay música y varios puestos ambulantes en las calles.

Yo explorando…

Algunos de los puestos venden la famosa Chicha. Yo no tenía idea de qué era. Las colombianas buena onda, que fueron mis guías de turista varios días, insistieron en que tenía que probarla. Es una bebida a base de maíz y piña fermentados y la endulzan con panela (piloncillo). Les comparto mi reacción.

Y así, pasé un domingo inolvidable en Bogotá. Me encantó ver a la gente sentada en el piso, contenta, tomando, riendo y pasándola bien, disfrutando de la vida. No recuerdo la hora, pero la policía llegó y nos pidió que nos empezáramos a ir. Todo muy tranquilo, nada más nos decían que ya era tarde (todavía había luz, no era noche) y que ya era hora de retirarse. Supongo que quieren evitar problemas ya entrada la noche con la gente un poco entrada en tragos.

Y fue así que terminamos en un lugar que se veía de mala muerte. Afortunadamente, íbamos con el esposo de una de las chicas que era un tipo bastante alto y fortachón, porque el lugar que no sé si era un bar, restaurante, cantina, o qué, pero estaba lleno de tipos borrachos. Las colombianas querían enseñarme un juego llamado Bolirrana (Boli rana). Básicamente es una máquina con ranas con la boca abierta y tienes que meter la bola en las bocas abiertas. Bastante divertido el juego y con buena compañía y cerveza colombiana, las horas volaron. Tuve el domingo más colombiano posible.

Mi viaje a Bogotá fue increíble porque conviví con colombianos la mayor parte del tiempo. Las ventajas de viajar sola es que conoces gente. Gracias a ellas pude conocer mejor la cultura colombiana y no sólo los lugares turísticos. Háganse amigos de los locales, es el mejor consejo que les puedo dar.

Hasta la próxima, parceros.

Leave a comment

Design a site like this with WordPress.com
Get started